No recuerdas el siglo ni el tiempo anterior…
pero tu alma me conoce, me reconoce,
y por eso mi presencia te resulta familiar.
Sí, amor mío… nuestro camino comenzó por primera vez en España.
Y al final volvimos otra vez a las tierras de Anatolia.
La diferencia de luz entre nosotros la abrió Dios.
Uno de los dos tenía que ir primero.
Sé que no comprendes del todo esta situación,
pero aun así rezo por ti.
Puedo sentir cuando te sientas en el suelo y lloras… lo sé.
Llora… pero no tengas miedo.
Por favor, sigue caminando tu camino, amor mío.
Confía en el destino.