Sin duda, uno de los más destacados seguidores del estoicismo fue el emperador y filósofo romano del siglo II Marco Aurelio (121-180 d.C.), hijo adoptivo del emperador Antonino Pío (138-161 d.C.). Aurelio, un auténtico estoico, escribió en su libro Meditaciones que buscaba la verdad, «un concepto que nunca ha hecho daño a nadie; el daño es persistir en el propio autoengaño e ignorancia» (50). Añadió que si alguien podía demostrarle que estaba equivocado y mostrarle su error, cambiaría con gusto.